JUEGOS LITERARIOS
Molo a todos (como bien sabeis, molo significa hola en xhosa)
Ahora que ya he acabado mi primera parte del curso, y me he hecho uno mas de los 5200 guias de Sudafrica, me he dicho: “venga, vamos a echarle una lectureta a las Comunidades Imposibles” Y aqui estamos, primero diciendoos gracias, por incluirme. Y segundo, proponiendoos una coseja que el senor Divagante y yo hablamos un dia, escribir entre varia gente la vida de alguien, pero como si fuera la Biblia. No tiene que ser nada religioso ni nada, sino, partiendo de un esquema de vida, donde se nombre sus hechos y acontecimientos mas renombrados: nacimiento, familia, hijos, trabajo, guerras participadas… Cada uno hablamos sobre la misma persona, contando los mismos acontecimentos, pero cada uno a su manera, a ver lo que sale.
Bueno ya me decis cosas y mientras tanto os dejo con Sara.
Arivederci amigos (Esto ya no es xhosa)
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Sara volvió corriendo para hablar con su padre, de lo sucedido nunca se habló.
Le miró a los ojos, unos ojos perdidos, ya ganados por la muerte. Sara dudó si podría ser demasiado tarde. Se lo tenía que haber confesado antes, justo en el momento de coger el vaso de whisky cargado de veneno. Pero en ese momento Sara no pudo decir nada, era como si una sanguijuela le tapara la garganta. Y ahora, dos días después, parecia tarde para prevenir, curar o arrepentirse.
Durante estos dos días, Sara fue testigo de la muerte lenta, aunque sin agonía, de su padre. En estos dos dias, Sara no abrió la boca, no expresó inquietud alguna ante el declibe físico del hombre que tanto cariño había mostrado hacia ella en los 18 años de su vida.
Una y otra vez se cuestionaba el por qué de esta impasibilidad, el por qué no decirle nada al coger el vaso, el por qué no ayudarle antes de que fuera demasiado tarde. Ni si quiera se acordaba si fue ella la que puso el veneno en el vaso, y de ser asi ?Por qué? ?Para qué? Y, ?para quién?
Cuarenta y ocho horas en el reino de una vigilia sin respuesta. Cuarenta y ocho horas de un ayuno sin reacción. Cuarenta y ocho horas de un mutismo que terminó demasiado tarde para la única persona que la había querido.
Pero volvió. Volvió corriendo, y se lo contó. no le importó la lengua azulada, las pupilas perdidas y el vientre hinchado o el orín en la cama.
Le cogió la mano y se la apretó con todas las fuerzas que pudo como para sentir respuesta. Movió su cabeza, como para que el también la mirara a los ojos, y en ese momento, comprendio, que ya podía hablar.
Le narró lo sucedido con todo detalle y con todas sus dudas. Le explicó lo de la sanguijuela, lo de los dos días terribles sin dormir y sin comer que había tenido, abstraida en un bucle de preguntas horribles. Todo se lo explicó claro, sin dejarse nada, no como para disculparse, sino para que lo comprendiera.
Y cuando acabó, Sara supo que su padre, alli donde estuviera ahora, lo aceptaba, la comprendía, y, si hubiera algo que perdonar, la perdonaría.